Categoría: Leo Ciencia-Ficción. Sí, ¿Por qué no?

Leo Ciencia-Ficción. Sí, ¿Por qué no?
Es el tipo de literatura que me gusta desde niño. Me gusta hablar sobre ello.

  • Los robots de Asimov cambian conmigo

    Los robots de Asimov cambian conmigo

    El Reencuentro

    En este cálido agosto de 2025, con cada emisión semanal de la tercera temporada de la serie Foundation en Apple TV+, he estado dándole vueltas al tema de la saga de los robots. La serie no es una adaptación audiovisual calcada de la saga literaria de Fundación. Los creadores de la serie acertaron al ir enriqueciendo con cada capítulo a los personajes que conforman la historia. Es una trama más rica, si cabe, pues integra todo el universo literario asimoviano: las sagas de robots, el imperio galáctico y Fundación.

    Especialmente reconozco ahora que mostrar desde los episodios iniciales la existencia secreta de un androide avanzadísimo, indistinguible de cualquiera de las variantes fenotípicas de la extendida raza humana del imperio galáctico, ha sido un gran acierto. Han ido dando interesantes pinceladas a este personaje, del que todavía en lo que llevamos de temporada 3 se entiende que no es simple. Su naturaleza es compleja. Y aunque a los conocedores de las sagas de Asimov el primer visionado nos generó un «hasta aquí hemos llegado, nos han robado la gran sorpresa», en esta temporada se revela como un personaje clave que recuerda mucho al desarrollo que tienen los androides con las famosas Leyes de la Robótica y el posterior desarrollo de la Ley Cero.

    Cuando empecé a ver la serie hace un par de años durante su estreno en la plataforma de streaming, iba madurando la idea de volver a leer los libros de la saga de los robots y no la de «Fundación», en orden de publicación, por supuesto. Al menos el ciclo de Elijah Baley. En España se editaron como «Bóvedas de Acero», «El Sol Desnudo», «Los Robots del Amanecer» y «Robots e Imperio».

    En «Pongamos que hablo de Asimov» relato cómo este autor llegó a mi vida. Al principio fue la lectura de un desconocido, para luego convertirse en uno de mis autores de referencia, siendo como soy un lector empedernido de ciencia ficción. Volver a leer la saga de los robots ha supuesto hoy día una lectura muy revisionista que ha tenido relevancia para los tiempos que vivimos, con la aplicación práctica del uso de la IA en nuestra vida cotidiana y los avances que han supuesto los movimientos feministas.

    La Primera Vez

    Con las visitas asiduas a las bibliotecas al inicio de mi adolescencia, Asimov ya me era conocido, pero no leído. Mi primer contacto visual fue aquel libro que años antes cayó de manera fortuita en mis manos por «culpa» de un concurso de dibujo de la editorial Bruguera. Los contactos con Asimov fueron azarosos, desordenados y frustrantes. Había leído los libros que estaban disponibles durante mis incursiones en la biblioteca: la gran mayoría relatos cortos sobre robots, e incluso leí «Un viaje alucinante». Un día había llegado un lote de libros nuevos a la biblioteca del barrio, y algunos de los bibliotecarios conocían nuestras recurrentes peticiones. Una tarde, después de salir del colegio, cuando estaba en el mostrador de préstamos devolviendo algunos libros, se me acercó uno de ellos y me dijo que tenían algunos ejemplares de Asimov nuevos sin estrenar y que si me quería llevar alguno. No dudé. Con mi desconocimiento de la obra del autor, me llevé un ejemplar nuevecito de «Los Robots del Amanecer». No tenía ni idea de qué suponía la lectura de este libro. En principio, el título me sugirió que sería una lectura entretenida, como mínimo.

    La lectura me resultó frustrante al principio del libro. En los párrafos iniciales ya sospechaba que la narración daba por supuesto que los personajes eran recurrentes y que posiblemente ya «salían» en otros libros escritos anteriormente. No suponía un problema grave para la lectura, pero los primeros párrafos son reencuentros: no solo de los personajes, sino también del entorno en el que se desarrolla la acción. Con las relecturas durante años posteriores, este esquema del universo de la saga de los robots de Asimov se fue enriqueciendo y expandiendo, rellenando los huecos y, sobre todo, ayudándome a entender los conflictos de los personajes.

    Especialmente ha sido el personaje de Gladia Delmarre del que más he cambiado mi percepción. En mi primera lectura desordenada, no entendí siquiera las motivaciones y hechos que explícitamente se narran sobre ella. No entré en ningún tipo de análisis. Intentaba seguir la narración sobre el misterio que tenía que resolver Elijah. Yo era una persona adolescente e inmadura y solo quería leer por puro ocio y disfrute.

    Las revelaciones

    En lecturas posteriores, no solo empecé a comprender el conflicto vital del personaje de Gladia, sino que también supuso el inicio de una lectura más analítica y crítica. Durante mi maduración personal y afectivo-sexual en la veintena y treintena, volvía a leer en alguna temporada estos libros de la saga de los robots. Pero de forma desordenada nuevamente. Es que, de hecho, todavía no sabía que llevaban un orden de lectura. Con la llegada de internet fui entendiendo que estos libros estaban conectados y que debían leerse en orden de publicación para tener la visión completa.

    Los personajes de la solariana Gladia y el robot androide aurorano Daneel han ido cambiando perceptivamente a lo largo de las diferentes relecturas. Con cada una, Gladia ha sido quizás la que más ha cambiado. Pero «El Sol Desnudo» había quedado sepultado en mi memoria. Había sido la pieza olvidada. La presentación de Gladia en ese libro sería la que cambiaría cómo percibo este personaje hoy día. Daneel, en cambio, es más analítico y a la vez más empático a lo largo de todo el arco narrativo. Pero termina tratando a la humanidad como un todo, ajeno a los individuos, dejándolos a merced de sus propias maquinaciones. Y termina siendo para mí un personaje poco querido. A pesar de que en los primeros libros se le presenta como indistinguible de un humano, casi indetectable, infantilizado y fraternal. De tal forma que en los primeros libros de la saga, Daneel es agradable y entrañable para luego convertirse en un personaje frío a pesar de su objetivo de preservar a la humanidad a toda costa de los peligros de su propio holocausto galáctico. Y evolutivamente, con cada relectura, cada vez me resulta más costoso volver a leer «Robots e Imperio». En este libro Gladia es una suerte de individuo transhumano, mientras que Daneel sigue con sus maquinaciones para «salvar» a la humanidad. Esto poco tiene que ver con la saga de los robots y se parece más a «Fundación».

    Con el paso de cada relectura, es curioso que me haya centrado más en el conflicto de los personajes humanos con la tecnología que en la maravilla y fascinación por el hecho en sí de la existencia de la tecnología robótica que se muestra y relata. El sentimiento de maravilla releyendo cada uno de los libros va dejando paso al foco en los conflictos que tienen los personajes humanos rodeados de tanta tecnología que los engulle, hasta tal punto que cada sociedad relatada en los libros tiene sus propios problemas: ya sea por exceso de uso de la tecnología, en concreto la robótica, o por la ausencia total de la implantación de estos esclavos mecánicos e inteligentes.

    Tampoco percibía a Gladia como el personaje más conflictivo e interesante. Al principio la veía como un elemento de pretexto para narrar todo el universo tecnológico referente a los robots y la humanidad. Y ha sido a lo largo del tiempo cuando he ido entendiendo que el «problema» de Gladia era el problema real de los humanos sepultados por tanta tecnología que los sustituye. Y que vivir en la utopía de la alta sustitución operativa, la asepsia y la gran longevidad termina produciendo una inmensa alienación emocional y afectiva hacia los propios semejantes.

    La última relectura

    Como comentaba al inicio, la última relectura ha supuesto una comprensión diferente de la obra. En muchos aspectos influida por los cambios en la percepción de la mujer en nuestra sociedad occidental. Si esta obra volviera a escribirse, seguramente el desarrollo narrativo del rol de género femenino sería diferente. Es posible que mis lecturas de las obras literarias de autoras de ciencia ficción más recientes como Kameron Hurley, Martha Wells, o Ann Leckie hayan tenido más que ver, incluso más que autoras tan relevantes como las maestras Ursula K. Le Guin o Connie Willis, entre otras pioneras en este mundo literario tan masculinizado. Tal es así que en la adaptación del universo literario de Asimov al mundo audiovisual como Foundation, muchos de los personajes heroicos son actualmente femeninos, pero se mantienen los personajes masculinos originales de representación de poder. En el caso del androide ultrahumanizado, todavía está por ver cómo trasciende el rol de género, en principio feminizado.

    Pero volvamos a la obra original de la saga de robots. Los roles femeninos, salvo el caso del desarrollo de Gladia, están anclados en visiones consideradas hoy como machistas y patriarcales. El caso más paradigmático es el de la esposa de Elijah Baley, Jessie Baley. Otro personaje femenino «limitado» es el de Vasilia Fastolfe, hija del creador del androide Daneel.

    En «Bóvedas de Acero», la sociedad humana de la Tierra, en concreto la Ciudad de Nueva York, está estructurada en lo que podríamos llamar tradicional-conservadora. La estructura social mínima es la familia de hombre-mujer y su prole como aspiración máxima. El hombre es el trabajador que provee de recursos a la familia y la mujer se dedica al cuidado exclusivo de la familia. Hay una dualidad social en el trato intragénero dictada por el uso de las estancias dedicadas a la higiene personal: irremediablemente colectivas pero segregadas por sexo. Los hombres intentan evitar el trato directo, hablándose y mirándose entre ellos lo justo y necesario. Las mujeres acceden a una gran red de comunicación no oficial y logran crear un entorno seguro en el que expresarse sin prejuicios sociales, aunque dentro de sus predispuestos roles de cuidado doméstico.

    Este modelo de organización colectiva es forzosamente necesario para la preservación de la humanidad en la Tierra al no interferir con el medioambiente exterior, pero los lleva a un modelo social de alta especialización individual en el que los robots no interfieren, ya que se supone que operan en el exterior. En el interior de los túneles, la humanidad se organiza colectivamente para su supervivencia, dejando que solo unos pocos puedan aspirar a disfrutar de alguna cuota de privilegios individuales.

    La humanidad de la Tierra y los transhumanos Spacers que pueblan los planetas ya colonizados hace siglos mantienen una división de extranjería hasta el punto de no considerarse iguales. En esta tensión de humanidad dividida y de rechazo mutuo aparece el personaje femenino de Gladia Delmarre y el resto de solarianos relacionándose con el perplejo y enfadado terrestre Elijah Baley.

    Gladia Delmarre es una mujer incomprendida dentro de la altamente aislada sociedad humana de Solaria. Este personaje femenino es usado por Asimov para crear el acercamiento práctico entre la humanidad de la Tierra y el resto. El alto aislamiento geográfico de los habitantes humanos de Solaria les confiere una alta inmadurez en el área de las relaciones sociales. Especialmente inmaduros en el aspecto afectivo-sexual, producto de la práctica de la telepresencia audiovisual en la interacción social de una sociedad de individuos separados por vastos terrenos geográficamente inabarcables en la rutina de la vida cotidiana, incluso con la alta tecnología disponible.

    El «problema» de Gladia en sus sucesivas «liberaciones» en el terreno afectivo-sexual, en el planeta Solaria y posteriormente en Aurora, es un instrumento a priori de progresión social usado por Asimov que hoy día podría entenderse como un rol de mujer limitada y falsamente empoderada. La describe como una mujer altamente dependiente de una figura masculina, hasta el punto de hacerla caer en la trampa de «usar» un androide para poder satisfacer su aprendizaje personal afectivo-sexual. Trampa porque el androide no deja de ser un esclavo y, por tanto, la parte de consentimiento, algo importante en este tipo de relaciones, es nula. Esta tesis se refuerza por el hecho de que Fastolfe considera a Gladia una hija, y sus obligaciones de enseñanza en el buen hacer aurorano son desatendidas, dejándola de nuevo a merced de una mala experiencia. Esta victimización de Gladia actualmente es vista como un ejemplo de personaje femenino limitado. Incluso en la última «liberación» afectivo-sexual perpetrada por Gladia supone, de nuevo, que no existe un consentimiento explícito, abriendo otra vez un conflicto que la limita y la deja caer en un matrimonio con grandes sesgos de resignación con el fin de integrarse en la sociedad aurorana donde vive.

    Esta dinámica de falsa liberación de la mujer y dependencia de estructuras patriarcales que sufre Gladia no es un caso aislado. El clan Fastolfe, Han y su hija Aliena-Vasilia, vuelve a ser la causa de esta redundante limitación de la mujer en la saga de robots. El padre no ayuda a la hija a madurar sexualmente según la cultura aurorana, originando otro conflicto de mujer limitada. La hija de Fastolfe es una reconocida científica hecha a sí misma, militante política y enfrentada a su padre en todos estos aspectos. Esto hace de Gladia, de nuevo, una mujer inmiscuida de manera involuntaria en esta lucha paterno-filial y usada por los intereses de cada parte implicada, de la que nuevamente termina «liberadamente» herida.

    Esta visión tan crítica no cambia mi admiración por Isaac Asimov. Estoy seguro de que si su vida no hubiera estado truncada por la enfermedad y hubiera sido espectador de los cambios de las últimas décadas del inicio del siglo XXI, lo habríamos escuchado reconocer que su base de creencias culturales y políticas se fue adaptando sobre la base del pensamiento humanista. Es muy manido decir de hombres que nacieron y crecieron durante el convulso siglo XX que fueron producto de su tiempo. Lo más loable de la figura de Asimov es que, a pesar de ese anclaje cultural, se permitió al menos hacer un ejercicio de pensamiento muy avanzado para su época.

    De la misma manera, yo mismo he ido evolucionando. El ejercicio de la relectura es determinante en la maduración personal. En mi caso ocasionó que mi parecer sobre el devenir de la humanidad y mis propias experiencias vitales siempre tuvieran ese poso crítico y de adaptación. En muchos casos generando extrañeza en mi entorno por expresar opiniones bastante radicales para mi contexto cultural. Radicales sí, pero siempre dentro de las reglas de juego del respeto mutuo y la tolerancia, para vivir dentro del marco de convivencia en libertad y respeto.

    El dilema tecnológico actual

    Las tecnologías al servicio de la humanidad que Asimov expone como contraste entre el transhumanismo tecnológico de escasos individuos extremadamente longevos de los Spacers en contraposición a la humanidad de vida breve y hacinada cobran un sentido más actual, si cabe. Ya tenemos síntomas de comportamiento humano en el que los modos de comunicación mediante dispositivos imperan frente al contacto orgánico y directo. Una rudimentaria telepresencia nos está empezando a crear hábitos muy parecidos en esencia a los que tienen los solarianos. Y hay casos patológicos de personas que rehúyen el contacto físico pero que, sin embargo, hacen uso cotidiano de las tecnologías de comunicación interpersonal, interactuando incluso con otros individuos de su misma condición. Quién sabe cómo reaccionará la humanidad o cómo evolucionará socialmente este uso tecnológico. ¿Seremos como los solarianos, a medias como los auroranos o reaccionarios como los terranos?

    Además de la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación, el inicio de aplicaciones prácticas del uso de la robótica y la inteligencia artificial generativa, con el horizonte en la IA General, pone de actualidad, de nuevo, la saga de los robots. Las leyes de la robótica expuestas por Asimov son motivo de inicio de conversaciones de opinión en los círculos informales e incluso en los académicos. Pero hay que tener en cuenta que es sólo un ejercicio de anticipación y, como tal, el valor debe ser únicamente el de haber plantado la semilla de una posibilidad futura. Mucha gente se enfrasca en discusiones apasionadas sobre si lo propuesto tiene valor real o no.

    Lo interesante de estas anticipaciones es que a quienes conocemos la obra de Asimov no nos resulte extraño que la evolución tecnológica de la humanidad tuviera esta vertiente roboticista. Sabíamos que iba a llegar tarde o temprano. Pero la cuestión es que, aun siendo conscientes de estas anticipaciones, no se hable de manera seria de lo que supone para la civilización humana.

  • Pongamos que hablo de Asimov

    Pongamos que hablo de Asimov

    Mi primer contacto con Isaac Asimov fue un libro que llegó de manera involuntaria.

    Durante la EGB, no sé si en 4º o 5º, una mañana vino un señor a clase. Mi profesor, Don José Antonio, que era un hombre distante pero justo en el trato, nos dijo que era de la editorial Bruguera. Esta editorial, importante en edición de libros en español a finales del siglo XX, era conocida entre los niños por los libros de tebeos: Mortadelo y Filemón, Botones Sacarino, Rompetechos, Zipi y Zape, Pepe Gotera y Otilio, Anacleto, etc. Al mencionar Bruguera, captó nuestra atención al instante y escuchamos que podíamos participar en un concurso de dibujo en el que el premio era un lote de libros incluyendo, por supuesto, algunos de nuestros personajes de tebeo más queridos.

    Queríamos participar todos. Podíamos dibujar lo que quisiéramos, pero en una hoja especial de Bruguera que nos repartieron a cada uno. Esta hoja tenía unas líneas de márgenes y una caja para escribir nuestro nombre, dirección postal y teléfono, con la marca de Bruguera en la parte superior derecha. No era muy bueno dibujando. Se me daba bien hacer gradaciones de color con unos lápices de colores de Plastidecor que usábamos en aquella época. La «actividad Bruguera de dibujar», como lo llamó Don José Antonio, la teníamos que hacer en casa. Esta visita nos había interrumpido la clase y mi profesor evidenciaba querer continuarla sin más molestias.

    Aquella tarde cuando llegué a casa después del colegio, les conté a mi madre y mis hermanas lo acontecido. Y… vaya. 🙁 Mis hermanas ya conocían la movida, como se decía en aquella época tan guay de los 80. Era un cebo para luego poder venderte enciclopedias o colecciones de libros «en módicos plazos de pago o letras». Hay que entender que antes de Internet, ese gran invento del conocimiento humano, el acceso a la información era a través de la lectura en libros. Las enciclopedias podían suponer una mejora en el acceso a la información y el conocimiento. Las editoriales eran muy activas en este negocio tan lucrativo.

    Yo no entendía de ese tema de editoriales y enciclopedias, ya que mi objetivo era obtener más libros de tebeos. Así que me puse a pintar dentro del recuadro de márgenes de la hoja de Bruguera, mi pintura favorita: gradaciones de color. Decidí hacer gradaciones de color verde y azul en particiones geométricas como triángulos. Recordándolo en retrospectiva era como una estructura de una gema preciosa.

    Cuando llegó mi padre por la tarde de ese día, le pedí permiso para entregar el dibujo al día siguiente. Accedió gustosamente. Pero creo que lo hizo pensando en el horizonte del día que llegara en el cual estaríamos sentados en un salón de un hotel charlando con un comercial de la editorial Bruguera intentando vender algo a mi padre.

    Al día siguiente entregué en clase la «actividad Bruguera de dibujar». Mi sorpresa fue que el montón de papeles era muy escaso. Si éramos como 28 en clase, sólo había unas pocas hojas. Fueron pasando los días, y no había muchas incorporaciones al montón de papeles. Estos se podían dejar en una bandeja al lado de la mesa del profesor a lo largo de una semana. Ya que un día señalado volvería el señor de Bruguera y se los llevaría.

    Después de unos meses y con el curso en el cole ya avanzado, nos llegó al buzón de correo de casa una carta de Bruguera a mi nombre. No era muy habitual que un niño en aquella época recibiera correspondencia de una empresa. Normalmente escribías postales si ibas de viaje o cartas si te querías comunicar con alguien que estuviera muy lejos. Las llamadas de teléfono eran algo poco asequibles, aunque el número de teléfono estuviera entre los datos de contacto. La carta decía que yo había ganado un lote de libros en el concurso de dibujo de Bruguera. Venía con una cita para un día y hora en el que se daba entrega de los premios, etc, etc. Fuimos a recoger el lote de libros. Pero fue muy aburrido para mí. Como dijeron en mi entorno familiar, era un evento comercial de Bruguera para vender enciclopedias.

    Del lote de libros, lo que me interesó fueron los tebeos.

    El resto de libros eran de colecciones juveniles de Bruguera que no me interesaban.

    Aquellos libros fueron aprovechados entre mis hermanas y yo. Algunos fueron releídos hasta romperse y otros no fueron ni siquiera hojeados.

    Uno de ellos tenía una portada muy sugerente con una nave espacial en dirección a un sol enorme e inquietante. Era de Isaac Asimov, «Un Anillo Alrededor Del Sol». Como dije antes este libro no fue de mi interés al principio. Pero posteriormente pasados unos años, llegando a la adolescencia, coincidiendo con el evento del cumpleañero de Clarke, este libro de Asimov lo hojeé por primera vez. Tenía unas ilustraciones que acompañaban al texto. Era decididamente un libro orientado a jóvenes lectores.

    A partir de este primer contacto de lectura, empecé a pedir prestados libros de Asimov en la biblioteca. No fue fácil. Era un autor muy demandado. Como los libros más demandados eran toda la saga de Fundación y de los Robots con una lista de espera enorme, tenía acceso sólo a unos pocos libros. Tampoco estaba muy informado de cuánto de importantes eran esos libros. Imaginaba que lo eran debido a la demanda. Los primeros fueron las antologías de cuentos. Probé los libros de «Lucky Star», pero no me gustaron. Creo recordar que después de mucho probar a pedir las novelas canon, fue «Viaje Alucinante» la primera novela grande que leí. Había visto la peli en la televisión algún sábado en la sesión de tarde de cine que había en TVE por la primera cadena. No defraudó.

    El relato de «El hombre bicentenario», que formaba parte de un libro con más relatos cortos, me dejó asombrado. Con el tema de los robots fui pidiendo en la biblioteca otros de Asimov sobre robots. «Yo, robot» fue el siguiente.

    Más tarde después de mucho insistir, «Fundación» llegó a mis manos. Era un libro muy usado, con una tapa granate, el título y autor grabado en el lomo y con un olor muy fuerte. El libro estaba restaurado por el personal de la biblioteca. Me di cuenta de que era un libro que había sido leído por mucha gente. Al renovar el préstamo, comenté a los bibliotecarios que cómo era que el libro tuviera un olor tan peculiar y fuerte. El olor tan fuerte era debido a que se hacía un proceso de desinfección por ozono. El tratamiento se realizaba a todos los libros que tenían un uso muy intenso por parte de los usuarios de la biblioteca. Y en algunos libros, el olor penetraba mucho por el tipo de papel usado en su fabricación.

    «Fundación» no tenía los ingredientes que yo necesitaba para alimentar mi imaginación. Me gustaban más el tema robots. El siguiente libro en serio de robots fue «Los Robots Del Amanecer». Aunque era en principio de mi gusto, no entendía nada. Lo dejé incompleto en una primera lectura. Algunos de los temas tratados en el texto no eran de mi gusto en la primera lectura. En otras ocasiones he vuelto a leerlo y quizás con la madurez comprendí todo lo escrito.

    A lo largo de los años he ido completando la lectura de la saga Fundación y la de los Robots hasta que actualmente creo que los he leído casi todos. Algunos de los libros varias veces. Mi relación con Asimov ha sido intermitente y cíclica en el sentido de la reincidencia en la relectura. He releído algunos libros de la Fundación o de Robots más de dos veces a lo largo de mi vida. Y en cada relectura he conseguido maravillarme como si fuera la primera lectura. Con muchos de los libros he conseguido interpretar algunas ideas que circunstancialmente podrían considerarse de actualidad en el momento de la lectura.

    A finales de los 80, en la biblioteca del pueblo que iba a veranear, el bibliotecario me dijo que había recibido «la nueva novela» de Asimov. Me estaba reservando el libro sin abrir, con el retractilado y sin registrar en el índice bibliotecario. Él sabía cuánto me gustaba Asimov. Introdujo el libro en el índice en mi presencia y fui el primer usuario de ese libro en aquella biblioteca. El libro estaba nuevo de tienda. No había leído un libro de Asimov hasta ese momento que fuera nuevo y sin ser hojeado. Esa novela era «Némesis».

    Supuestamente era su último libro completo escrito. Una gran novela, que según algunas personas con las que he conversado ocasionalmente, piensan que también está dentro de esa tarea que tuvo de unir toda su obra literaria en un único universo literario que comprendía Fundación y Robots.

    La muerte de Asimov fue algo inesperado. No trascendía mucha información a finales de los 80 y principios de los 90, no había empezado aún la era de la información como la actual. Lo que se sabía de la persona era lo que siempre se publicaba en la contracubierta de sus libros. Su nacimiento y origen ruso y su destino a Estados Unidos de América. Que a pesar de su origen ruso de nacimiento, su nacionalidad era estadounidense. También se reseñaba que era profesor de química en la Universidad de Boston, siendo consecuencia de ello un gran divulgador científico.

    El año 2020 fue el año del final de mi ignorancia sobre su muerte. Coincidiendo con el centenario de su nacimiento y la noticia de que se produciría una serie de TV basada en Fundación, abiertamente se habló en la prensa escrita cual fue la causa de la muerte de Isaac Asimov, la persona, que no del mito. En estos artículos se hacía referencia a que contrajo el virus de VIH causado por unas transfusiones de sangre contaminada cuando se le practicó una cirugía cardiaca a finales de los 70. Durante años se confundió al público sobre la causa real de la muerte. Quizás fuera insuficiencia cardiaca y renal, como se publicó durante años, pero hoy un contagio de VIH está socialmente aceptado. Es verdad que tu cuerpo podría desarrollar enfermedades perfectamente curables, pero que te pueden matar. La percepción social estigmatizante que se tuvo durante décadas de ser sólo una enfermedad de transmisión sexual o de drogadicción es mucho menor en nuestros días. Nadie sabía que también se podía contagiar en el ambiente sanitario. Pero para él y para su familia podría haber sido una ignominia el que se divulgara su situación. En décadas posteriores, cuando el daño de honor tanto para el entorno de Asimov como para los sanitarios que lo atendieron ya no era tan trascendente, se aireó toda esta situación.

    Los últimos artículos exponen que algunos medios periodísticos hace casi dos décadas relataron cómo había sido su enfermedad y muerte. No tuvo la repercusión mediática que actualmente toman este tipo de informaciones. Pero si algo así se hubiera sabido incluso con la publicación de la biografía por parte de sus herederos, creo que habría tenido una gran repercusión, aun sin redes sociales. Había que seguir alimentando el mito sin estigma.

    Ahora es posible ver varias de sus entrevistas televisivas en youtube y admirar ese portento de razonamiento humanista. Al considerarse ateo, todo el pensamiento crítico estaba enfocado en el desarrollo de la civilización humana. Aunque su posición respecto al desarrollismo tecnológico diera lugar a modelos de individuos transhumanos contrarios a los valores que tanto divulgaba en muchas de sus novelas.

    La lectura de la obra de Asimov se coló en mi vida por «culpa» de un concurso de dibujo disfrazado de iniciativa comercial de una editorial que me recompensó con un libro accidental enmascarado entre tebeos y otros libros. Al recordar todo esto me doy cuenta de lo impactante que ha sido la obra de Asimov en mi vida moldeando mi visión del mundo y la humanidad.


  • Pórtico

    Pórtico

    Tenía planificado escribir sobre Dune. Pero lo dejaré para otro momento, ¡¡¡jajaja!!! 😀

    A la pregunta de cual obra literaria sería amena para introducirse en la ciencia ficción, la respuesta era un poco complicada. Si empiezas ya desde adulto no quieres introducirte leyendo ciencia ficción como un niño o un adolescente. Y tampoco meterte un tocho de libraco incomprensible de lo más «hard» cuando no tienes costumbre. Lo mejor es empezar con una historia en la que los personajes tengan algún conflicto vital importante con el que empatizar. También es necesario que tenga unas cuantas dosis de humor, misterio, aventura y sentido de la maravilla. Esto del sentido de la maravilla lo apuntaré para desarrollar en otro momento.

    Y esa obra literaria es Pórtico.

    Lo interesante de esta novela es la narración en primera persona. Una estructura de capítulos que narra las sesiones de terapia psicológica del protagonista, conducidos por una máquina psicoanalista, que están alternadas con capítulos de las memorias de la vida del protagonista. Esta estructura va hilvanando el conflicto vital del protagonista. La sesiones de terapia y la narración de las memorias, le dan un ritmo de lectura al libro para que pueda ser engullido en una primera lectura.

    «Robinette Broadhead siempre quiso ser prospector desde que tuvo uso de razón.» Y… ¿Prospector de qué? Pues más bien una suerte de buscador y explorador interestelar más que de un astronauta o cosmonauta al uso de nuestros días. La humanidad en su carrera de exploración del sistema solar descubre que ya no está sola en la inmensidad del universo. Y sin embargo, tiene la certeza de que existen estos otros seres inteligentes. No hay presencia ni viva ni muerta. Los descubrimientos de construcciones y artefactos de otra civilización en planetas y asteroides de nuestro vecindario en el Sistema Solar, produce una nueva figura: la del prospector. Los prospectores se desplazan a los yacimientos arqueo-alienígenas con el objetivo de descubrir cualquier cosa que sea de utilidad para la humanidad.

    La instalación más importante descubierta hasta la fecha es una estación de transporte que contiene en perfecto estado de conservación una considerable cantidad de naves. Y esta estación de transporte es PÓRTICO.

    En una Tierra superpoblada al borde del colapso maltusiano en el que la gran esperanza alimentaria son unos hongos que crecen en los hidrocarburos, «cualquier minero de alimentos sueña con ser prospector de las maravillas Heechees».

    Un poquito del autor

    Frederik Pohl, el autor de Pórtico, ganó los premios Hugo, Nebula y John W. Campbell Memorial con esta novela tras una dilatada carrera relacionada con la ciencia ficción. En sus años de juventud fue intenso lector y editor de fanzines y revistas pulp desarrollando su adhesión a grupos del movimiento fandom de principios del siglo veinte. Mucho más tarde llegó a ser agente literario de otros escritores del género compaginándolo con su producción como editor y escritura profesional de ciencia ficción. Se le considera un autor muy prolífico pero a veces indetectable ya que la gran mayoría de las veces firmaba con pseudónimo de forma individual o de forma colectiva. Escribió Pórtico ya terminando la cincuentena. Y no contento con eso decidió seguir con la historia de los Heechees con hasta tres libros más. La Saga de los Heechees, que es como se le empezó a llamar a esta serie de novelas, siempre aparece en las listas de libros de ciencia ficción de recomendados. El resto de novelas de la saga no está al nivel de Pórtico, pero es interesante leerlas para saber qué ha sido de los protagonistas iniciales de la saga y por dónde siguen sus aventuras. Incluso de los misteriosos Heechees.

    Qué Libro/s

    Recuerdo que mi primer contacto con esta obra no fue buscada. Ya estaba entrando en la veintena y no era tan usuario de préstamos de biblioteca. Ya tenía un empleo y podía permitirme por dinero y espacio, adquirir libros. Mi hermana era socia de Círculo de Lectores por esa época. No se prodigaban mucho, o casi nada, en editar el género de la ciencia ficción. Pero en una ocasión mi hermana me avisa de que podría interesarme una colección de libros que recientemente habían empezado a editar. Eran «grandes obras» de la ciencia ficción. Entre ellas estaba Pórtico. Me llamó la atención el título tan directo y sugerente. Lo compré.

    No era una edición bonita. Era una edición dedicada a la buena lectura. Buen papel, buena tipografía, buenas tapas. Pero aburrido. Nada que ver con el contenido.

    Me gustó tanto el contenido del libro, que estuve esperando a que Círculo de Lectores editara el resto de la Saga de los Heechees. No sucedió. Terminaron la colección con algunos autores más y ya…

    Pasados unos cuantos años logré hacerme con toda la saga completa. Incluido el primer libro, aunque ya lo tenía. Era, cómo no, de la editorial Ultramar. La anécdota sobre la compra podría encuadrarse en un escenario de azar, pero yo siempre he creído que fue el destino.

    Un verano, estando de paso por Santillana del Mar, en Cantabria, llegamos a unos puestos de venta ambulante. Algunos vendían libros usados. Casualidades de la vida tenían un apartado de cómic y libros de fantasía y ciencia ficción. La vista se me fue al grupo de libros que yo reconocía siempre cuando me acercaba a revisar libros usados en venta. Los libros de la editorial Ultramar son muy especiales. Las cubiertas son de un papel muy texturizado y con tintas especiales de aspecto metálico. El tamaño de edición de bolsillo y el acabado de lasa cubiertas siempre los hace atrayentes para las personas de cierta edad que los conocemos.

    Allí estaban esperándome la colección completa.

    Magnífica portada de la editorial Ultramar

    Sigamos con Pórtico

    Sin desvelar sorpresas argumentales, es muy curioso ver cómo se van intercalando en los capítulos alternos de sesiones de terapia y de las memorias del protagonista, a modo de extractos, las notas e informes de la corporación que gestiona el legado Heechee. También aparecen anuncios por palabras, entrevistas y testimonios de prospectores. De la misma forma que aparecen extractos de los scripts y registros de programación de las sesiones de psicoanálisis de la máquina psiquiátrica. Estas últimas resultan muy irónicas. Pero nos dan una dimensión muy rica del universo literario en el que se desarrolla la historia que se cuenta.

    ¿Qué razón de ser tienen los prospectores? Los documentos y la tecnología Heechee es indescifrable incluso para las mentes más sapientes del planeta Tierra. Sólo mediante la experimentación con un alto coste de peligrosidad e incluso la muerte, se puede deducir cierta utilidad de este legado xeno-arqueológico.

    El prospector con un coraje temerario, a veces incluso ciego, se aventura en misiones de experimentación con la esperanza de conseguir la gloria y la riqueza. Pero el destino puede ser la desgracia y la pobreza o, en el peor de los casos la desaparición y la muerte. Cualquier hallazgo es susceptible de ser valorado y recompensado, desde un nuevo uso de un artefacto ya descubierto o el viaje a ciegas embarcándote dentro de un artefacto de tránsito Heechee del que posiblemente nadie vuelva a verte más. Siempre con el poso constante de la colaboración competitiva. Todos quieren conseguir la gloria y la riqueza, mientras constatan que posiblemente su aventura de riesgo llegará a un fin abrupto e inesperado. Siempre inquietos, persiguiendo el sueño vendido de logro personal y riqueza, pero asumiendo que en un tiempo muy cercano podrían acabar en la ruina.

    Frederik Pohl, a través de esta novela, describe una sociedad muy injusta, sin igualdad de oportunidades. Una sociedad que percibe la buena suerte del héroe prospector como algo aspiracional, e incluso como un mérito. El estatus de esclavitud laboral y unas condiciones de salubridad precaria son el modo de vida más extendido. Sólo unos pocos viven de un modo que les permita la longevidad y el acomodamiento. La suerte de nacer con unos progenitores con óptimas perspectivas económicas o ser agraciado con la buena suerte de ganar una especie de lotería gubernamental del que todos son jugadores. Pero no es suficiente. Todo individuo persigue la tranquilidad de más riqueza para conseguir más longevidad.

    Y, amigos, ese es el conflicto vital constante de Robinette Broadhead: el miedo instintivo al riesgo y la muerte que sopesa frente al objetivo final de conseguir riqueza para tener más longevidad. Pero hay otro miedo que se expresa constantemente a lo largo de la novela: el temor de la civilización humana a lo desconocido y a la incertidumbre.

  • Leo Ciencia-Ficción. Sí, ¿Por qué no?

    Leo Ciencia-Ficción. Sí, ¿Por qué no?

    Y todo empezó porque…

    No sé por dónde me vino la cosa. Debió de ser que me quedé fascinado después de ver en el cine con mi padre “El Imperio Contra-ataca” de Star Wars (que antes llamábamos “Guerra de las Galaxias”). O de seguir “Érase una vez… El Espacio” en casa de mis abuelos semana a semana. El impacto visual y narrativo de viajeros estelares y otros sistemas planetarios habitables creaban en mí el deseo de que me contaran más historias similares a esas.

    ¿Cómo no ibas a ver la película “El Imperio Contraataca” con semejante cartel a la entrada del cine?

    Ya por esa época, cada vez que mi padre me decía que si me compraba un libro, le decía que fuera de historias de «navecitas espaciales» y aventuras. Aunque de niño leía todo lo que se me pusiera por delante y con la costumbre de leer todas las noches antes de dormir, eran las historias de ciencia ficción las que más me gustaban.

    Cuando descubrí ese gran lugar que eran las bibliotecas públicas, mi deseo de leer este tipo de historias iba a ser recompensado con creces. Cada dos semanas caían en mis manos un par libros. Algunos eran comics, novelas ilustradas, o libros con algún dibujo. Gracias a algunos bibliotecarios, conseguí que me los prestaran fuera del sistema de préstamos. Me llevaba el libro a leer a casa antes de que el bibliotecario registrara el libro en el sistema de archivos. Muchas veces después de las actividades extra-escolares, me “escapaba” a la biblioteca para leer ávidamente. En esa época releía una y otra vez Blake y Mortimer y Valerian Agente Espacio-Temporal. La biblioteca se convirtió en mi refugio para seguir las historias más increíbles, jamás imaginadas por un niño.

    Portada del libro «La Marca Amarilla» de la serie Blake y Mortimer sobre una medianería de un edificio en Bruselas.

    Un día de verano estando con mi madre en unos grandes almacenes, me quedé como otras tantas veces en la zona de librería, mientras ella estaba en otra parte comprando sus cosas. Concretamente me recorría las estanterías de libros de ciencia ficción para repasar los lineales de libros en busca de esa historia fascinante con la intención de que el libro fuera mío, siempre disponible para leer. Contrariamente a lo que me pasaba con los libros de la biblioteca. Después de un rato mirando y mirando encontré un libro, que después releí muchas veces: “El día del viento estelar” de Douglas Hill. “¡Con esto me lo voy a pasar pipa! Me dije una vez leída la sinopsis. «Además son más de 100 páginas… ¡Tengo para leer un rato largo largo!”. Lo pasé muy bien leyéndolo pero me quedé frustrado otro rato. Este era el tercer libro de una saga de las aventuras de Keill Randor. Y fue una frustración muy grande no poder leer los otros libros. NO LOS ENCONTRABA EN LA BIBLIOTECA Y TAMPOCO LOS PODÍA COMPRAR, ¡¡¡AAAAARRRRGGG!!!

    Pasado el otoño, el invierno y parte de la primavera, llegó la Feria del Libro de Madrid en el parque de El Retiro. Después de dar mucha lata conseguí convencer a mi padre para que me llevara y de paso ir al stand de la editorial Altea y “preguntar” si tenían el resto de los libros de la saga. ¡ALLÍ ESTABAN! Los dos anteriores libros y el cuarto también. Recién salido de la imprenta. Me debió de ver tan emocionado, que me compró los libros. Mi padre Flipaba.

    La saga completa de «Keill Randor».

    Durante mi niñez releía la saga de Keill Randor en sucesivas temporadas. Era aventura en estado puro, pero sobre todo era ciencia ficción. Los ingredientes narrativos de acción y suspense, estaban aderezados con naves interestelares, artilugios casi mágicos y sobre todo seres alienígenas. El lenguaje y la narración eran más o menos sencillos. Estaba escrito para niños y adolescentes más que para adultos. Nada que ver con lo que vendría después. La entrada en la ciencia ficción más seria. Pero esta se tomaría su tiempo.

    El Tiempo que me llevó…

    Dentro de la pandilla de mi barrio yo era un poco bicho raro. Entre otras cosas porque en cuanto tenía ocasión me despachaba a gusto con alguna que otra “disertación” sobre lo que leía. Aunque no me perdía ningún partido de fútbol, baloncesto o baseball-cutre, en los momentos que estábamos aburridos sin hacer nada más que pasar el tiempo, hablábamos para pasar el rato.

    Valérian y Laureline en plena acción como agentes espacio-temporales.

    Hablábamos como todos los chavales de temas o cosas muy variopintas. Nos contábamos habladurías del barrio o del cole y noticias. Cuando hablábamos de pelis o series, nos llenábamos la boca de «abrumar» con nuestro conocimiento sobre el tema. Pero claro, aunque todos habíamos visto Star Wars o Star Trek la cosa no iba más allá de “…cómo mola esto!” o lo otro. Cualquier argumento o comentario que tuviera relación con los temas de libros que había leído eran tomadas con mucho escepticismo. Los demás me miraban raro. Y no sólo eso, sino que les chocaba mucho que hablara de cosas tan raras. Con este sambenito colgado, pasaban los meses y después los años. Y que queréis que os diga. Ya tomé la decisión de que estas cosas no las podía airear mucho a lo largo de mi vida.

    Mi decepción con el libro del regalo llegó a las dos páginas leídas.
    No me enteraba de nada.
    Lo tuve que dejar.

    Como en todas las pandillas, los cumpleaños eran días señalados en el calendario. Hacíamos una colecta para comprar el regalo de cumple para el cumpleañero. Hubo un año que por mi cumpleaños me regalaron un libro. Era un libro del «copón». Me regalaron un libro de Arthur C. Clarke: “Regreso a Titán”. Me contaron que no sabían qué regalarme. Uno de ellos recordó que me gustaba la ciencia ficción. Y en la papelería-librería le recomendaron, muy mal recomendado, este libro. ¿Y por qué digo “mal recomendado”? Era mi décimo cumpleaños e íbamos para hombrecitos. Pero este chaval por recomendación del librero compró para regalarme un libro de ciencia ficción HARD y para adultos. ¡JA!, pero eso yo no lo sabía y ellos tampoco. El libro me moló mogollón como tal. O sea como objeto-libro. Yo encantado. Era de una colección de bolsillo con una cubierta acojonante que ya había visto en algunas librerías. Tenía textura metalizada y rugosa. Fue uno de los tantos libros que la editorial Ultramar editó. Tenían unas ilustraciones buenísimas.

    Mi decepción con el libro del regalo llegó a las dos páginas leídas. No me enteraba de nada. Lo tuve que dejar. ¿Qué me pasaba? No me gustaba la ciencia ficción o sólo me gustaban las aventuras un poco imaginarias. Era demasiado joven para leer ciencia ficción HARD. Porque, amigo lector, ya con diez años me di cuenta de que había un mundo muy grande de escritores que escribían libros de “aventuras espaciales” para adultos. Y eso era para lo que yo iba. Para adulto. Así que coloqué el libro en la estantería bien visible. Para que no se me “escapara”, ya que le hincaría el diente un par de años más adelante. Seguí con lo que estaba haciendo hasta ese momento. Leyendo libros y cómics más adecuados para mi edad, pasándomelo bien leyendo historias entretenidas. ¡TAN FELIZ!

    ¡Upss! Esto ya va en serio…

    Después de leer libros de Los Cinco, Los Tres Investigadores, libros de Barco de Vapor, Noguer, mucho cómic y por supuesto de releerme las aventuras de Keill Randor, llegó el momento de la verdad. Con mi pre-adolescencia casi acabando, decidí un verano leer ese libro que me regalaron mis amigos y que tuve que dejar apartado en la estantería.

    “Regreso a Titán” resultó ser una novela muy buena. De tal forma que fue el primer libro de ciencia ficción HARD que leí en mi vida. La historia que cuenta es muy entretenida y me absorbió tanto su lectura que muchas veces todavía hoy hago referencia a ese libro para argumentar ciertas ideas que se me pasan por la cabeza. Aunque algunos temas no los entendí bien del todo cuando lo leí, me decía que daba igual. Ya lo haría en años venideros leyéndomelo otra vez cuando tuviera más conocimientos.

    viajeros estelares y otros sistemas planetarios habitables creaban en mí el deseo de que me contaran más historias similares

    Con cada año académico del instituto, “Regreso a Titán” resultaba ser diferente, pues yo también era diferente cada año. Entendía el texto del libro de forma diferente. De aquí me surgió la idea de que un mismo libro se transforma un poco, con cada nueva lectura. No sólo es volver a recrear las sensaciones originales, también se ahonda en la información que contiene el libro. De tal forma que, por seguir la trama, quedaban apartadas en la primera lectura.

    Con mi primer libro de ciencia ficción HARD superado. Empezó mi labor de investigación a la caza todo libro de ciencia ficción y leerlo en cuanto se me pusiera a tiro. En la biblioteca circulaban listas o recomendaciones de los usuarios. El problema era que había lista de espera para el préstamo y en muchos casos los libros terminaban destrozados. Los bibliotecarios anotaban en estas listas que estaban retirados para restauración o a la espera de nuevos ejemplares para satisfacer la demanda.

    No me digáis que esta portada no era impresionante para un niño de 10 años.

    Antes de la era internet y la computación accesible y cotidiana, la única forma de buscar libros en una biblioteca era usando el sistema de fichas. Las fichas, además de las referencias alfanuméricas útiles de clasificación de la biblioteca para encontrarlo o pedirlo, también contenía una sinopsis muy cutre que pocas veces ayudaba a tomar la decisión para pedir prestado el libro. Resolví que el mejor método para pedir los libros era hacerlo de forma sistemática. Fui recorriendo el archivador de fichas de ciencia ficción y me llevaba prestados los libros aunque no supiera de qué iban. Con las visitas a la biblioteca y alguna que otra compra o regalo, se iban sucediendo las lecturas desde mi niñez pre-adolescente hasta la edad adulta.

    Antes de la era internet y la computación accesible y cotidiana, la única forma de buscar libros en una biblioteca era usando el sistema de fichas

    Estas lecturas me llevaron a lo largo de los años por los “clásicos” de ciencia ficción HARD como Isaac Asimov o Arthur C. Clarke, pero también empezaron a cautivarme otros autores como Philip K. Dick o Ursula K. LeGuin. Estos estaban encuadrados en la ciencia ficción llamada SOFT. Trataban sobre temas interesantes desde el punto de vista sociológico, político y metafísico. En cualquier caso aunque visto ahora con perspectiva me daba igual que los paradigmas que manejaban las tramas fueran una extrapolación evolutiva de la sociedad contemporánea al momento de la escritura o narraciones sobre realidades en las que nada es lo que parece. Utopías, distopías, incluso ucronías y hasta en algunos casos elementos narrativos propios de la fantasía podían ser los ingredientes de una buena novela con la que pasar buenos ratos.

    Realmente llegó un momento que la separación entre HARD y SOFT dejó de tener sentido para mí. Considero que me gusta la ciencia ficción porque me permite «conocer» un simulacro de paradigmas de la realidad diferentes al que vivimos. No como mera evasión, sino como un “posible” con todos sus condicionantes. Porque no deja de ser eso. Una extrapolación a futuro o pasado de la realidad teniendo en cuenta hechos paradigmáticos. Esos “algo” pueden ser un cambio originado en la naturaleza, un hecho histórico o también un factor tecnológico que evolucione, revolucione o involucione la humanidad a un estado diferente a la realidad cotidiana contemporánea a la escritura o lectura. Sobre todo es muy ilustrativo leer libros que ya tienen unas cuantas décadas y entender que algunos conceptos quedaron obsoletos, por nuestra propia evolución tecnológica, social o política.